Relato: Un nuevo día

CapitánSwing, uno de los usuarios de nuestro foro ha escrito este fantástico relato ambientado en nuestro juego que estamos encantados de compartir con todo el mundo. Le agradecemos a él y a todos los que aportan cosas sus contribuciones.

Gurgal contempló con regocijo el precioso paisaje que se desplegaba ante su vista. Un sol cálido y brillante obsequiaba a las humildes criaturas que vivían bajo él con sus luminosos rayos, que acariciaban los blancos muros de cientos de casas formadas en hileras perfectas. Una ligera brisa arrullaba sus limpios y peinados cabellos, mientras transportaba a una bandada de alegres pajarillos cantores. En las impecables calles, entusiastas comerciantes anunciaban sus apetitosas mercancías a las bellas mujeres que paseaban con gracia, y los grupos de vecinos charlaban animadamente sobre algún capítulo de sus maravillosas vidas. No muy lejos, un grupo de dulces niños risueños jugaba entre vivos gritos.
Buscando empaparse todo lo posible de la hermosa estampa, Gurgal puso los brazos en jarra y aspiró por la nariz con todas sus fuerzas. Quería todo ese aire limpio y perfumado para él. Lo que le llegó a los pulmones, sin embargo, fue un torrente de polución ácida que le hizo llorar por todos los poros. Rojo como un tomate, vomitó la apestosa nube de porquería y siguió tosiendo violentamente hasta que tuvo que apoyarse en uno de los precarios pilares del porche para no caer rodando hasta Torresbrillantes. No importaba cuanto entusiasmo le pusiera uno a ver la vida con optimismo; aquel apestoso mundo, maldito fuera cien mil veces, te pegaba patadas en la cara hasta que contemplaras la realidad como tiene que ser: en toda su maloliente asquerosidad.

Gurgal tosía y se cabreaba. Cuanto más tosía, más se cabreaba, y viceversa. Cuando, después de un buen rato, empezó a salir de ese círculo vicioso, un extraño chirrido coral llamó su atención. Eran aquellos niños, que lejos de dulces y risueños eran sucios y harapientos, con unas caras de maldad que podrían identificarse desde la otra punta del Páramo. Se estaban riendo como endemoniados; de él, claro. Reían como posesos mientras daban saltitos y le apuntaban con dedos flacuchos.

-¡No sabe respirar! ¡No sabe respirar, el muy palurdo!- Gritaban dos o tres, cuando las irresistibles carcajadas se lo permitían.

La cara de Gurgal pasó del rojo tomate al rojo pandillero destripado, y la bilis, junto con los últimos restos del putrefacto miasma, afloró a la comisura de sus labios.

-¡La mutarda que os…! Gritó, dando con todas sus fuerzas una patada al aire en dirección a los niños, que huyeron calle abajo sin dejar de reír y corear “¡No sabe respirar, el cacho de animal!”.

Solo ya, y habiendo conseguido a duras penas mantener su aparato respiratorio dentro del cuerpo, Gurgal frunció el ceño hasta la altura del ombligo. Conociendo el cotarro, no le cabía la más mínima duda de que a partir de entonces tendría un título tan insigne como “Gurgal El Palurdo”, o algo semejante. Debía reconocer que nunca había puesto demasiado empeño en que su apodo fuese “El Valiente”, “El Simpático” o “La Mayor Superpotencia Sexual a este lado de Puentechatarra”, pero tampoco le habría importado acabar sus días siendo simplemente “Gurgal”. Eso era ya imposible. Como lo era recuperar el buen humor con el que se había levantado aquella mañana, dispuesto a encontrar algún chanchullo, el primero en meses, que le permitiera llevarse algo a la boca aparte de las cucarachas que intentaban a diario conquistar su casucha a base de pura superioridad numérica. Al principio su textura crujiente resultaba interesante, pero a partir de cierto tiempo comenzaba a aburrir.
Dispuesto a afrontar otro día miserable con toda la mala leche y el odio apenas contenido que le definían, Gurgal se pasó una mano por el pelo lacio y la barba descuidada y más llena de vida que todo el resto del asentamiento junto (limpios y peinados cabellos… ¡ja!) y abandonó su porche (si se puede llamar así a una plancha de metal oxidado sostenida a duras penas por dos tubos de plástico mugrientos) para dirigirse a la plaza, rezongando entre dientes. No cabía duda… aquel era el comienzo de un día emocionante.

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