Personalidades del Páramo: El Viejo Sajarratas

El Viejo Sajarratas

“Oye, tron, dame algo. Venga, chorbo, no seas julai. Llevas unas botas muy chulas, tío, seguro que tienes pastuquis. Dame lo que tengas, chaval… No me des la espalda, tron, que voy de buenas, que voy de tranqui, ¿ves? Te lo pido de guay, tío, no te pires… Eeeehhhh… ¡Venga, hombre, dame un puto casquillo! ¡Serás hijoputa, vas y te piras! ¡Pues me quedo con tu cara, ¿vale?! ¿Me oyes? ¡La próxima vez que te vea te voy a rajar, maricón de mierda! ¡Que yo soy buena gente, me cago en la puta de tu madre! ¡Que voy de tranqui!”

Quizá el Viejo Sajarratas no sea tan viejo como su apodo o sus pintas puedan dar a entender, pero desde luego lo parece. Las arrugas de su cara, el pelo lacio y marrano hasta decir basta, esa boca en la que sólo quedan tres o cuatro dientes, la voz ronca y cazallera de darle al fumeque y a cualquier bebida alcohólica destilada en un garaje, el pulso tembloroso de un mono permanente y la perpetua bolsa de papel con una botella dentro, dan una imagen general de viejo vagabundo tirado, pero es posible que simplemente la vida lo haya tratado así de mal.

¿Su nombre real? A saber. Seguro que ni él se acuerda, con la cantidad de mierda que se ha metido, desde anticongelante a pegamento, pasando por cualquier sustancia líquida o en polvo que se pudiese inyectar o esnifar. Un desecho humano auténtico, te lo digo yo, pero uno de esos que te mueve a cierta lástima, cuando lo ves caminar por ahí tambaleándose, farfullando sinsentidos, totalmente desorientado, o tirado debajo de un banco mientras le mean los perros encima.

Pocos recuerdan la juventud de Sajaratas, porque casi nadie queda de su quinta y a la peña joven se la suda cosas tan coñazo como preservar la historia de los viejunos. Sólo a los raritos esos de la Sociedad Histórica de Puentechatarra, con sus libros y sus mierdas.
Lo poco que se sabe de él es que pertenecía a los “kafres de túnel”, la vasca esa que se gana la vida colándose por túneles y desagües destripando alimañas, y evitando así que bichos diversos se reproduzcan a tope y se repita la plaga de mutarratas del veintitantos.

Al parecer, Sajaratas era el mejor “kafre de túnel” de su época. Pocos llegaban a tan avanzada edad pegándose panzadas por desagües (en aquella época rondaba los treintaymuchos tacos), ni los gilis esos de los sondas chatarreros. La cosa es que Sajarratas era el mas cojonudo, y así lo atestiguaba su abrigo, hecho con la piel de las ratas más lozanas que el subsuelo de Puentechatarra puede ofrecer, y la envidia de cualquier fulanilla de señor gremial, jefe pandillero, comerciante chatarrero o líder de barrio. Excepto esas que se pueden permitir uno de martinejos, que son casi igual de peluchosos y no güelen raro.

La cosa es que Sajarratas era la hostia en bicicleta, hasta aquel fatídico día, cuando se internó en el túnel 666. Aquel que dicen que más abajo llega en el subsuelo. Todo empezó como una apuesta, un “no hay güevos” de toda la vida. Los kafres se metían habitualmente en ese túnel como en cualquier otro, pero existía un punto de no retorno en el bujero en el que la peña desaparecía; cosa que pasaba habitualmente en los túneles y desagües debido a derrumbes, avalanchas de ratas o bichos mas chungos; pero es que en este era una certeza lo de desaparecer, no un gaje del oficio. Capullo que osaba meterse más a fondo de X metros, capullo que no volvía. Pues Sajarratas dijo que eso pasaba porque eran unos mierdas y hasta ahora no se había internado un menda tan cojonudo como el.

La cosa es que Sajarratas allí desapareció… y digo desapareció, porque no se supo más de él hasta tres días después. Regresó pálido, sudoroso, de chola a pies cubierto con un pringue que vete tú a saber si era sangre o su puta madre, con la vista perdida y una palabra que repetía en su desdentada boca… el horror… el horror… el horror… palabra que aún aúlla de vez en cuando en sus siestas de drogota sobre un charco de pis.
ViejoSajarratasBigWebDesde entonces quedó tocado de lo suyo y comenzó a “ponerse” mas de lo habitual en una persona normal y convertirse en el guiñapo pedigüeño que es hoy en día. Nadie ha conseguido sonsacarle qué es lo que vio o vivió en el pozo 666, ni a cambio de más material en sus días de mono, ni por todo un cargador repletito de balas. La cosa es que algo vio, y algo gordo-chungo, porque a la semana, Jess Tabárez, la jefa del barrio de Hostiejas, donde desembocaba el túnel, decidió cortar por lo sano, tapiarlo y dejar un mongolo perpetuamente vigilando que nadie trate de destapiarlo y entre… o que, como dicen algunos, algo jodido de cojones salga.

Que sí, que con su chándal de tactel azul fosforito, con un logotipo medio borrado que parece decir “Moscow 1980” y ese osito sonriente que da más miedo que otra cosa, con sus playeras J-Hayber que en algún momento tuvieron que ser blancas, ese reloj de plástico sin pila que se empeña en llevar en la muñeca, y la calvorota con cuatro pelacos malparidos en todo lo alto, no parece que haya sido un tío famosete y respetado en todo el Puente. El tío ahora es totalmente inofensivo. Siempre se mete la mano en uno de los bolsos de la chaqueta del chándal para amenazar con sacar un pincho y rajarte, pero te digo yo que ahí no lleva nada, el pobre seguro que lo empeñó para conseguir algo de mierda o bebida. Nunca nadie le ha visto sacar de verdad ninguna navaja desde que entró en barrena, ni siquiera cuando aún se atrevía a llevar el abrigo ese que se hizo con las pieles de las ratas que mató en su día.

Y aún así ha conseguido que se lo considere una especie de celebridad en el vecindario, todo el mundo lo conoce, lo saluda y… lo que es más sorprendente todavía, hasta le dan algo de comida o limosna. En un sitio despiadado, letal y cruel como Hostiejas, lo más lógico sería pensar que un desecho humano como él ya hubiese muerto por causas naturales o apaleado hace mucho tiempo, pero ahí sigue. Como la mala hierba, estos jichos de la vieja escuela tienen más vidas que mi gato. No te lo pierdas, que ahora incluso tiene un curro, el muy cabrón. Los zumbaos esos que escriben la Gaceta de Puentechatarra acuden a esta fuente de “sabiduría popular y callejera” para que les suelte alguna perla de su repertorio de politoxicómano o una anécdota de sus tiempos de kafre, a cambio de pasarle algunos casquillos, unos vasos de cerveza o algún bocata de calamierdas de los puestos de la plaza. Y el tío tan contento, ahora se debe creer periodista, o algo así.

Pero vamos, que el chaval está muy mal de lo suyo. No hace mucho me lo encontré debajo del paso elevado que conecta con el segundo nivel, sentado en un banco con un bote de pintura viejo lleno de vete a saber tú qué brebaje tóxico en la mano, discutiendo con otro elemento de su misma especie. El Viejo Sajarratas le estaba diciendo que aquello era imposible, que no quedaba ninguno vivo. El otro ser argumentaba que sí, que todavía quedaban. Intrigado, aminoré mi marcha y agucé el oído de la que pasaba cerca de ellos. Sajarratas insisitió en que no, que había unos 300.000 en el mundo, pero que los habían zascandado a todos ya, a lo que su colega replicó que él mismo había visto uno no hacía mucho en Puentechatarra. Cada vez más intrigado con el objeto de su discusión, me quedé helado al escuchar la frase final de Sajarratas: “Pues entonces no era un perromorfo”. Fin del asunto. Ese es el tío que ofrece sus consejos vitales en la Gaceta. Periodismo de altura.

2 comentarios

  1. muy buena la cronica o historia de este personaje del paramo

  2. Buenísima historia, en el páramo nadie sale ileso mentalmente.

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