
Relato: El mongolongo borracho contra el dragón artrítico
En las ruinas del viejo Autocine Tetsuo una panda de taraos habían elevado casi a la categoría de religión cualquier cinta con ninjas, explosiones y guiones escritos en tres servilletas usadas en el poco espacio que dejaba la grasa y algo que esperemos que no fuera lefa. En otro tiempo, este lugar había sido el refugio de familias que venían a ver películas mientras comían palomitas con sabor a cartón, pero sobre todo de adolescentes que no tenían un mejor sitio donde magrearse y llegar a la tercera, cuarta o la puñetera base que fuera, que a ver quien entiende la metáfora de esos deportes más aburridos que esperar a que salga la siguiente Gaceta. La cuestión es que el