
Relato: Pezqueñín
Pezqueñín se abrió paso entre el gentío apelotonado en la explanada, aprovechando su babosidad natural para escurrirse más o menos con soltura entre el resto de mutardos allí congregados. Sus ojos bulbosos miraban sin cesar hacia el estrado improvisado con palés y cajas de madera, donde en breve haría acto de presencia el mítico Prometeo. Era un momento muy excitante, un acontecimiento único en la vida de Pezqueñín, que se había cruzado medio Páramo jugándose las escamas para llegar hasta Los Gemelos y sentirse acogido por fin. En su pueblo de mala muerte, perdido en el quinto coño del desierto radiactivo en el que se había convertido medio puto mundo, sólo podía aspirar a una vida de golpes, escupitajos, desprecios