
Relato: Un día cualquiera
El sonido de los perromorfos me despertó. Uno de ellos emitía un chillido estridente que me taladraba el cabolo, como el de unas uñas arañando el metal. Estaba harto de decirle a Luigi que no los dejara entrar en el interior, pero como siempre, nadie me hacía el más mínimo caso. Parece que soy el último pringao. Hacía algo de frío, pero una semana atrás, mientras me perseguían unos rascarrocas por la zona de Charcavioleta, se me había roto mi única camisa al engancharme en unos matojos. Y no era fácil apañar una de repuesto cuando en lugar de brazos tienes cuatro tentáculos. Y por si fuera poco, ayer alguien me había fangado los pestosos. Por la puerta apareció el