Relato: Pezqueñín

Pezqueñín se abrió paso entre el gentío apelotonado en la explanada, aprovechando su babosidad natural para escurrirse más o menos con soltura entre el resto de mutardos allí congregados. Sus ojos bulbosos miraban sin cesar hacia el estrado improvisado con palés y cajas de madera, donde en breve haría acto de presencia el mítico Prometeo. Era un momento muy excitante, un acontecimiento único en la vida de Pezqueñín, que se había cruzado medio Páramo jugándose las escamas para llegar hasta Los Gemelos y sentirse acogido por fin.

En su pueblo de mala muerte, perdido en el quinto coño del desierto radiactivo en el que se había convertido medio puto mundo, sólo podía aspirar a una vida de golpes, escupitajos, desprecios y quizá una muerte lenta y dolorosa girando en el espetón de la hoguera de algún cabrón caníbal. “Merluzo” era el apodo más suave que le dedicaban sus vecinos, debido a las escamas iridiscentes que cubrían su cuerpo, sus ojos saltones y las agallas que se abrían en su cuello. Es posible que poder respirar bajo el agua fuese algo la hostia de molón y muy útil en otro momento u otro lugar del mundo, pero en aquel desierto de mierda, donde tenías que caminar kilómetros para toparte una charca contaminada de agua estancada y rancia, donde no apetecía una puta mierda meterse, pues como que era un poco inútil. Y como alguno del asentamiento se enterase de que buceaba en el pozo de agua potable que había en la plaza central, lo harían filetes empanados antes de poder decir “Hostia puta”. Era una suerte que también pudiese respirar aire, como los demás.

Así que llegó el día en que se dio el piro. Juntándose a otros mutardos, o viajando en solitario, se alejó todo lo que pudo de su lugar natal y empezó a escuchar las primeras historias sobre Prometeo y el mítico santuario que prometía acoger a todos los de su especie. Tardó mucho en encontrarlo, ya que cada historia era diferente y lo situaba en un lugar distinto, pero tras pasar un par de días en los callejones de Puentechatarra pudo ubicar de forma bastante fiable Los Gemelos. Ver las torres de refrigeración de la antigua central nuclear en el horizonte, tras su particular travesía del desierto, fue una de las mayores alegrías que tuvo en su vida. Hasta que, al poco de llegar, le dijeron que el mismísimo Prometeo en persona daría un discurso a los pocos días. ¡No se lo podía creer… iba a ver al Mesías en directo!

Esquivando tentáculos, túnicas bajo las que se ocultaban deformidades demasiado grotescas incluso para los mutardos, garras, colas y charcos de secreciones varias, pudo llegar por fin a la parte delantera de la marabunta de gente. Allí podría ver bastante bien, porque su pequeño tamaño no le permitía atisbar muy bien por encima de los hombros de los demás. No en vano lo habían bautizado “Pezqueñín” cuando llegó allí, aunque a diferencia de otros motes que había tenido, aquel se lo había tomado como un halago y lo había adoptado con gusto. Resistiendo los empujones y codazos de quienes estaban a su alrededor, la energía y sinergia de la multitud le indicó que algo estaba a punto de ocurrir. Se palpaba en el ambiente, casi se podía tocar, como si fuese una corriente eléctrica que recorriese las filas provocando una ola de murmullos, graznidos, balbuceos y mugidos. Tras intentar sin éxito localizar la fuente del mugido mirando sobre su hombro, Pezqueñín se giró hacia la tarima en el momento exacto en que una figura imponente subía a ella desde el otro lado.

Boqueó varias veces, presa de la excitación, sus agallas batieron como contraventanas en medio de una tormenta de arena y sus ya abultados ojos parecieron salirse por completo de su cabeza de arenque. Nada lo había preparado para aquella presencia, ninguna historia hacía justicia al aspecto de Prometeo, ningún relato captaba ni remotamente el magnetismo, carisma, serenidad y… majestuosidad que emanaba el hombre que se alzaba quieto como una estatua sobre el estrado. Era alto, musculoso, ancho de hombros y con el aspecto de haber sido cincelado en piedra, pero su piel tenía una textura brillante, reluciente, como si realmente brillase con una tenue luz propia. El rostro era duro, seco, pero aún así apacible, sereno, con la capacidad de transmitir a la vez tranquilidad y una amenaza subyacente de violencia inminente. Sin ningún rastro de vello corporal, cráneo afeitado y mandíbula apretada. Puños como rocas también apretados a ambos lados de su cuerpo, muslos y piernas poderosas firmemente asentadas sobre el suelo, inamovible, un coloso capaz de aguantar las embestidas de cualquier cosa, fuerza o enemigo que se atreviese a ir contra su gente. Y entonces su líder, su… padre, habló.

Pezqueñín se sintió embargado por una sensación de adoración, respeto y calma absolutos. La voz de Prometeo era un bálsamo que se extendió por cada fibra de su esmirriado cuerpo escamoso, prometiendo que todo iba a ir bien, que juntos caminarían hacia un mañana mejor, que su vida de marginación y miseria se había terminado de una vez por todas. Sus ojos giraron locos en sus cuencas, y vio que a su alrededor todos los mutardos presentes estaban sumidos en un trance parecido de absoluto arrebatamiento. Sin poder contenerse, sin ser él mismo, Pezqueñín abrió la boca y gritó a pleno pulmón: “¡¡Prometeo!!”, una y otra vez. ¡¡Prometeo!!, gritaron a su lado. ¡¡Prometeo, Prometeo!!, corearon las filas de atrás. Como una piedra arrojada en un estanque, su grito espontáneo se extendió en oleadas por toda la multitud. Se alzaron brazos, puños, colas y cornamentas, se agitaron machetes, porras y tuberías, mientras la palabra se bramaba, gritaba, barritaba y ¿mugía? a través de cientos, miles de gargantas.

¡¡¡PROMETEO!!!

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