Relato: Irina

Un pocho, dos pochos, tres pochos… Irina se cansó de contar cuando iba por el décimo. Ni de coña podría con tantos. Aunque no eran muy rápidos, no le daría tiempo a recargar la ballesta lo suficientemente rápido como para acabar con todos, y la escopeta que le había acoplado necesitaría más cartuchos de los tres que tenía. Había que pensar en otra cosa.

Bajó lentamente de la colina, sin hacer ruido para no atraer a los pochos. A lo lejos vio una nube de polvo; los cabrones de los pandilleros no habían tardado en darse cuenta de que les había dado esquinazo. Y además tenían motos y ella iba a patita, eso no era justo. Un maullido salió del pequeño bolso que llevaba colgado. Irina lo abrió y asomó el hocico de un gatito gris y blanco.

—Lo sé, Shelly, la cosa está chunga —Irina acarició al felino—. Pero de peores nos hemos librado.

La chica parecía salida de un colegio católico del siglo XX, con una falda de cuadros roja bastante corta, unas medias altas y una camisa blanca una par de tallas menor de lo recomendable, que parecía querer ahogar sus pechos de tamaño nada despreciable. Llevaba el pelo recogido en dos coletas a los lados, y en las manos portaba una ballesta-escopeta. Se desabrochó un par de botones más de la camisa y puso su mejor sonrisa inocente cuando aparecieron los dos primeros pandilleros montados en moto.

 

—Hola chicos —dijo mientras saludaba moviendo los dedos de una mano.

IrinaLos dos tipos no eran demasiado distinguibles, con el peinado típico de su banda, con la mitad derecha de la cabeza rapada y la izquierda con una melenita teñida de rojo. Tenían las narices llenas de piercings y unas chupas de cuero negro. Uno llevaba una escopeta y el otro un par de pistolas.

—¿Pensabas que te ibas a escapar, princesita? —preguntó el de la escopeta.

—Sí, nadie fanga a los Guerreros de Sangre Ciclados Rojos del Páramo sin recibir su merecido —dijo el otro con una sonrisa mientras la apuntaba con sus pistolas—. Tira la ballesta.

—Por supuesto —contestó Irina mientras dejaba su arma en el suelo, agachándose lentamente.

Los dos pandilleros no pudieron evitar seguir con la mirada el abundante escote que se mostraba ante sus ojos.

—¿Os gusta lo que veis? Pues os aseguro que tocar es mejor que mirar —Irina empezó a chuparse uno de los dedos de la mano lentamente, ante la mirada lasciva de los dos hombres.

El de la escopeta apartó al otro de un empujón y se abalanzó sobre Irina. Sin embargo, justo antes de alcanzarla, el otro lo agarró y le dio un puñetazo en la cara que lo tumbó al suelo.

—Eres gilipollas. ¿No ves que sólo quiere camelarte para que la sueltes y escaparse? Si es que me tenía que tocar ir por ahí con el más…

No pudo acabar la frase porque un cuchillo le atravesó el ojo y cayó muerto en el acto. El otro hombre se giró desde el suelo hacia Irina para encontrarse con el cañón del arma de la chica en su cara.

—Ay, Escopeto, Pistolín tenía razón —los sesos del pandillero salieron disparados cuando apretó el gatillo—. Eres gilipollas.

 

Mientras conducía entre el grupo de pochos, Irina acarició al gato que estaba dentro del bolso.

—Al final el día no ha salido tan mal –le dijo–, tenemos una burra, una chupa molona y lo que les sacamos a esos tontos del culo.

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