Relato: Historias al calor del fuego

Un nuevo relato, donde algunos habitantes del Páramo intentan explicar cómo se ha llegado al mundo actual.

 

El fuego crepitaba pausado, sabedor de que su tiempo llegaría, como intentando saborear cada momento. El cielo lucía despejado, incluso se podía ver la Vía Láctea cruzándolo como una gran cicatriz. Cuatro individuos de avanzada edad se encontraban sentados alrededor de la hoguera, disfrutando del calor que proporcionaba en esta noche fresca. Era la noche de las historias, y ellos eran los encargados de hacer que estas fueran escuchadas.

—Trons, os voy a contar lo que me contó mi padre, y a él su propio padre, y así hasta donde nuestra familia puede recordar —el que hablaba era un hombre curtido, con múltiples cicatrices, y la mirada de aquél que ha visto muchas cosas, y ya no le tiene miedo a nada—. El mundo no siempre ha sido así. Sólo hay que coscarse de los restos de las antiguas ciudades para cerebrarse de ello —todos los hombres asintieron—. Antes todo era verde, el agua recorría el suelo como venas en nuestros brazos. La manduca no era problema, y los niños podían jugar tranquilos sin miedo a ser desollados por algún chorbo algo pasado. Vigilándolo todo estaban los grandes mascas, los Plóticos. Ellos hacían que el mundo funcionara, que a nadie le faltara de nada. Pero un grupo de hombres no estaba de acuerdo con cómo estaban las cosas, querían más para ellos, eran los Blankeros. Éstos consiguieron envenenar la mente de los Plóticos, poco a poco, gota a gota de ponzoña. Y luego empezaron a desear más y más, y a fangárselo a la gente para quedárselo. Y entonces empezaron las guerras, la gente que no tenía quería lo que tenían los demás, y la que sí, quería más. Pero no tenían armas como las nuestras, eran poderosos, capaces de zascandarse ciudades con setas gigantes, y así fueron destruyéndose los unos a los otros. Hasta que los Plóticos y los Blankeros decidieron que ellos estaban por encima del resto, y construyeron unas ciudades en el cielo. Allí viven desde entonces, vigilándonos, como dioses de las montañas.

Otro de los hombres levantó la mano y sacudió la cabeza.

—Chorradas —dijo—, eso es un cuento. Os voy a contar la verdad.

Su mirada desprendía seguridad, aunque con cierto fanatismo. Parecía el tipo de hombre por el que algunos morirían.

—En los tiempos pasados, los hombres vivíamos junto con los autómatas. Éstos eran la creación del Gran Espíritu Máquina, para ayudarnos, para guiarnos por el mundo. Nos daban energía, nos ayudaban en los trabajos más pesados e incluso podían transportarnos por el aire. Pero para algunos eso no era suficiente, querían construir sus propios autómatas, y empezaron a robar la sangre negra de la Tierra para hacerlos furrular. Sin embargo, ay, el Gran Espíritu Máquina es todopoderoso, y se enfadó con el hombre. Desató su ira sobre las ciudades y nos desterró al Páramo. Aquí debemos expiar nuestros errores, abandonar toda tecnología. Y entonces, cuando considere que hemos pagado por nuestros pecados, volverán los autómatas y nos ayudaran a reconstruir las ciudades, donde podremos volver a vivir como siempre debimos haber hecho.

Un tercer hombre, o algo que se le asemejaba, pues tenía tres brazos, y su piel estaba cubierta por una especie de escamas, empezó a hablar. Su lengua era puntiaguda y su voz resultaba extraña.

—No, esa no es la verdad, no, no, no. En los tiempos antiguos el hombre dominaba todo el gran reino, sí todo, pero llegó un momento en que no fue capaz de avanzar —echó una bocanada de una pipa que sujetaba y continuó su historia—. Y entonces comenzamos a aparecer. Éramos diferentes, el siguiente paso en la evolución, sí, sí, sí, el siguiente paso. Nos mostramos poco a poco. Algunos intentamos ayudar al mundo con nuestros poderes, otros nos aprovechamos de ellos. Pero siempre fuimos distintos. Y nos envidiaron, y nos temieron, y nos atacaron. Distintos, distintos, distintos. Hubo grandes guerras. Ellos eran más, tenían armas más poderosas, pero nosotros somos los elegidos, teníamos los dones. Sabían que no podían vencernos, no, no, no, así que se encerraron bajo tierra, temerosos de nuestros poderes. Y nos dejaron el mundo, un nuevo mundo para una nueva raza. Pero algunos de sus hijos aún pueblan la superficie, y como sus padres, nos temen y odian. De esta manera aún tenemos que luchar por lo que es nuestro, oh, sí, nuestro.Mutardos

El último hombre sonreía mirando a los otros tres. Llevaba un sombrero de copa, unos extraños anteojos y una ropa estrafalaria.

—Caballeros, están ciegos ante la realidad —hablaba con una acento recargado y pomposo—. Hay aún ciudades en el mundo donde vive la gente que nos dejó en el Páramo. Allí tienen aparatos que sobrepasan cualquier cosa que puedan ustedes imaginar. Están bien defendidos, y nadie puede acercarse. Pero en algunos lugares arrojan las cosas que no quieren, y he llegado a ver con mis propios ojos a guerreros de hierro vigilantes. Saben que estamos aquí, pero para ellos no somos más que viles insectos. El motivo no importa, lo único relevante es que éste es el mundo que nos ha tocado vivir.

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