Relato: El regreso

Jonás se había encontrado un hogar muy distinto al que había dejado. La misión de Risco Ardiente ahora parecía una auténtica fortaleza, con fuegos ardiendo en todo momento sobre sus muros reforzados, vigilantes en cada torre y todo tipo de barricadas colocadas en el camino que llevaba a sus enormes puertas. El símbolo de Tex’co, la estrella de cinco puntas con la T invertida en el centro, que llevaba marcado en el pecho le permitió sortear sin demasiados problemas a los guardias de la puerta, pero incluso dentro de sus muros no se sintió en casa. Algo había cambiado, y no era sólo toda la parte occidental del recinto, que parecía haber sido arrasada por un terremoto devastador y ahora se apresuraban a reconstruir y reforzar con bloques de piedra, hormigón y planchas de acero. Las miradas eran hostiles. Los gestos ceñudos. Las conversaciones escasas. Había mucha gente nueva, se fijó Jonás, muchos rostros jóvenes y de aspecto duro, con el cráneo rapado y sus cuerpos escarificados con imágenes de Tex’co, tatuajes de llamas que envolvían el rostro, incluso horribles implantes metálicos metidos bajo sus pieles. Aquella no era la misma misión de Tex’co que había abandonado hacía muchas lunas para ir a recorrer el Páramo en busca de iluminación y sabiduría. ¿Dónde estaba Jeremías, su tranquilo y benévolo líder? ¿Dónde estaba su guía?

Tras deambular un rato por el patio, entre los gigantescos depósitos circulares con los emblemas de Tex’co rotulados en rojo en sus laterales, por fin reconoció un rostro familiar entre los trabajadores.

– ¡Eh, Claudia! ¡Claudia! ¿Te acuerdas de mi?

La mujer levantó la vista y tardó un rato en reconocer a quien le hablaba, pero por fin sus ojos se abrieron un poco más y una leve sonrisa apareció en su rostro. Qué cambiada estaba ella también, pensó Jonás. Más delgada y fibrosa, más… cansada.

– Jonás. Has vuelto.

– No noto mucha alegría en tus palabras, amiga – dijo Jonás acercándose para abrazarla.

– No hay mucha alegría por aquí estos días, Jonás. Todo ha cambiado.

– Lo he notado nada más llegar. Esto parece una fortaleza, un campamento militar. ¿Y todos esos nuevos reclutas? ¡Dan miedo!

– Nos han atacado, Jonás. ¿No te has enterado?

– ¿Atacado? ¡Por la Llama, no! He estado en zonas muy remotas mucho tiempo.

– El venerable Jeremías ha muerto. Una bumba del cielo cayó sobre nuestro asentamiento, sin provocación ni explicación alguna. Nuestros enemigos nos han atacado a traición y con gran cobardía. La Sangre Negra exige venganza.

– ¿Qué dices? ¡Escúchate! “La Sangre Negra exige venganza”… ¿Contra quién? ¿Qué vais a hacer?

– Contra todos si hace falta. Es una cuestión de supervivencia. Éramos vulnerables y lo aprendimos por las malas, con la pérdida de nuestro amado Jeremías y muchos de los nuestros. Pero Cunnilingus no dejará que eso vuelva a pasar, nos hará fuertes y derrotaremos a quien quiera exterminarnos.

La mirada de Claudia se había endurecido súbitamente. Ya no miraba a Jonás, sino a un punto indeterminado del horizonte. Parecía que recitaba una letanía, pero no era en absoluto piadosa o benevolente, sino más bien una fanática promesa de violencia. Jonás sintió un escalofrío. Aquello no estaba bien. No era lo que hubiese querido Jeremías. No era su fe.

– ¿Cunnilingus? – fue lo único que acertó a decir.

– Cunnilingus Igni, nuestro nuevo líder. Risco Ardiente necesitaba un jefe fuerte y que supiese responder a la amenaza. Fue una suerte que apareciese él, para liderarnos en estas horas oscuras y atraer nuevos reclutas a la Llama.

– ¿Puedo verle?

– En el templo, arriba. Bajo la Llama Eterna.

tipa1Jonás alzó la vista hacia donde le señalaban, para ver una construcción nueva que se elevaba sobre los gigantescos depósitos y sobre todo el recinto. Estaba muy reforzada con bloques y acero, aunque disponía de un mirador desde el que se podía controlar toda la actividad de Risco Ardiente. Sobre su techo había una columna gigantesca, con un plato sobre ella, todo en acero ennegrecido. El plato estaba ardiendo, con un rugido que se podía escuchar incluso a esa distancia; la Llama Eterna, siempre alimentada por la Sangre Negra de la Tierra, que ardería hasta el final de los tiempos.

Despidiéndose de su amiga, Jonás comenzó a ascender los escalones que lo llevarían hasta ese “templo” para ver al nuevo líder de su orden. Tenía muchas preguntas que hacer y un sentimiento de impaciencia se adueñó de él. Cuando llegó a las puertas cerradas que conducían al interior, dos jóvenes guardias le cerraron el paso. Cráneos rapados, una vez más. Voz dura. Cara de pocos amigos. Uno de ellos tenía unas quemaduras horribles desde la cintura hasta el lado derecho de su cara. Las mazas que llevaban al cinto eran un recordatorio de quién estaba al mando. Le costó bastante tiempo y saliva, pero por fin consiguió convencerlos de que los asuntos que lo llevaban a hablar con Cunnilingus eran lo bastante importantes como para una audiencia inmediata. “Audiencia”. Bufó. Jeremías nunca se había escondido tras puertas cerradas ni había tenido guardias que impidiesen a sus seguidores hablar con él.

Entró en la gran sala suspendida sobre el santuario de Tex’co, que estaba iluminada hasta el último rincón por gigantescos pebeteros que emitían un humo negruzco y pastoso al gusto. En el centro de la sala, sentado en un sillón de hierro ennegrecido cuyo respaldo se había modelado para asemejarse a las llamas de una hoguera, estaba un hombre enorme, fornido, ancho de hombros y con una poblada barba negra. Lo miró con dureza al entrar, pero resistiendo el impulso de bajar la mirada, Jonás se la mantuvo todo el tiempo que lo llevó avanzar hasta donde estaba.

– ¿Y bien? Veo por tus marcas que eres seguidor de la fe, pero no te reconozco.

– Mi nombre es Jonás, y he estado vagando por el Páramo mucho tiempo. He regresado hoy mismo.

– ¿Ya te has enterado de lo ocurrido en tu ausencia?

– Sí, Cunnilingus. Me han contado la gran desgracia de la muerte de Jeremías.

– Una desgracia, sin duda, pero que será justamente vengada. Has venido para unirte a mi ejército para llevar fuego y muerte a los paganos, pues.

– ¡¿Qué?! ¡No! ¡De eso precisamente quería hablar! ¿Qué locura es esa? ¿Atacar a diestro y siniestro a todo el mundo, sin saber cuál fue el responsable del ataque? ¿Abandonar nuestra neutralidad? ¿Convertirnos en objetivo de todos?

– ¡Responder con la Sangre Negra de Tex’co a cualquier agresión! ¡Cobrarse las muertes de nuestros hermanos en sangre y carne humeante! ¿Locura dices? ¡Locura sería permitirlo sin hacer nada!

El arranque de ira de Cunnilingus lo hizo retroceder un par de pasos. Todas sus alarmas se dispararon. Aquello se estaba yendo de las manos. Aquella ya no era su fe. Había caído en manos de fanáticos violentos que sólo querían arrasar el Páramo supuestamente en el nombre de Tex’co. Tenía que salir de allí rápidamente e ir a advertir a alguien. A Puentechatarra. Allí seguramente lo escucharían, había un Consejo y todas las facciones podían entrar y hablar libremente para encontrar un equilibrio. Eso era. Tenía que ir allí y avisarlos.

– ¿No has venido a unirte a mi, entonces? ¿A apoyar a tus compañeros de fe en estos momentos de necesidad? – dijo Cunnilingus con una voz más calmada que era incluso más terrorífica que la iracunda.

– Yo…

– No importa si no has venido voluntariamente, el caso es que estás aquí. Llevas la marca de Tex’co y el dios te agradece tu fidelidad. Yo, por mi parte, te agradezco tus servicios, tanto si son de buen grado como si no.

– ¿Qué…?

No pudo terminar la frase. Una de las mazas de los guardias le golpeó la parte de atrás de la cabeza y todo se volvió negro.

* * *

El hambre era soportable. Las palizas, en cierto modo, también. Los brutales rituales mediante los cuales le grabaron a fuego emblemas de la Llama por todo su cuerpo… eso ya era otra cosa. Eso sí dolía. El fuego en las plantas de sus pies, en sus pezones, en su entrepierna… Quizá con una fe más férrea en Tex’co lo hubiese podido soportar todo, incluso cuando le hacían beber gasolina sólo por diversión. Lo que le terminó por quebrar la voluntad fue el hecho de que, quienes se encargaban de todo ello, sus torturadores, eran sus antiguos amigos y compañeros de la misión. Claudia. Con esos ojos fríos, carentes de emoción, la voz monótona, aplicándole el hierro al rojo vivo sobre el estómago. Las lágrimas que soltó aquel día no fueron por dolor físico. Y algo en su interior se rompió, murió para siempre, y lo dejó con un cascarón vacío que se parecía a él, pero sólo por fuera.

* * *

– ¡Por la Sangre Negra! – aulló un Jonás irreconocible, con el cráneo rapado, el cuerpo lleno de cicatrices y quemaduras, la marca de la Llama grabada en muchos sitios de su cuerpo. Encendió una bengala y se lanzó contra el asombrado grupo de Chatarreros que defendían el pozo de agua donde se habían detenido a descansar. Cuando uno de ellos vio lo que llevaba en la otra mano e intentó avisar a los demás, ya era tarde. La deflagración rasgó la noche y luego sólo se escucharon las llamas.

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