Relato: El despertar

Abrió los ojos lentamente, ya que la repentina claridad taladraba su cerebro. Intentó respirar una bocanada de aire, pero algo le molestaba. Palpó con la mano la zona de su boca para darse cuenta de que una especie de tubo se introducía en su garganta. Cada vez estaba más nervioso. Intentó recordar algo, pero su mente parecía dormida, era incapaz de fijar algún pensamiento coherente.

Poco a poco empezó a acostumbrarse a la luz. Sorprendentemente, lo que antes le parecía una explosión luminosa, era realmente una penumbra salpicada por algunos dispositivos que emitían una leve luz anaranjada. Además, aunque al principio le había parecido que veía borroso, lo cierto era que se encontraba dentro de lo que podría definirse como un sarcófago de cristal, con una buena capa de polvo que dificultaba el distinguir las formas del exterior.

Una sensación claustrofóbica empezó a apoderarse de él, acrecentada por el tubo introducido en su garganta. Se olvidó de cualquier amago de precaución y empezó a extraer el objeto de su boca. Sintió como le rasgaba por dentro causándole un agudo resquemor, así que aceleró aún más la operación. Tardó en conseguirlo más de lo esperado, ya que la parte que estaba en el interior era mucho más larga de lo que podría esperarse, pero al fin fue libre para tomar una enorme bocanada de aire.

La siguiente labor a realizar era conseguir salir de la tumba de cristal que le rodeaba. Probó a hacer fuerza hacia arriba con sus dos brazos, pero notó que unas agujas conectadas a unos manguitos penetraban sus muñecas. Las arrancó con un tirón lleno de furia, que hizo que le saliera una buena cantidad de sangre del desgarrón. Empujó de nuevo hacia arriba, pero la tapa parecía no ceder. Fue en el momento en que también se ayudó de sus rodillas cuando empezó a sentir que empezaba a crearse una holgura. Cambió su táctica, y en lugar de hacer fuerza de manera continua, comenzó a realizar la presión a base de arreones. Al tercero, se escuchó un fuerte chasquido y la tapa se abrió sobre unas bisagras laterales.

Se encontraba en una sala no demasiado grande. Todo a su alrededor se encontraba hecho una pena, con múltiples desperfectos, como si unos vándalos hubieran pasado unos días divertidos aquí dentro. Mesas caídas, ordenadores destrozados, cables arrancados… Sobre el suelo, había otros siete sarcófagos de cristal más.

Se acercó a ellos en busca de otras personas. Le dolía cada músculo de su cuerpo y caminar era una tortura. Por si eso fuera poco, sintió un repentino dolor en un pie. El suelo estaba lleno cristales rotos y se encontraba descalzo, por lo que no era de extrañar que hubiera pisado unos. Se paró y los extrajo uno a uno. Desde que había despertado no hacía más que arrancar cosas de su cuerpo. Cuerpo, que de hecho, ahora que se daba cuenta, estaba totalmente desnudo. Esta vez avanzó con cuidado de no pisar ningún cristal. El resto de sarcófagos estaban vacíos y destrozados.

Empezaba a sentirse mejor. Ya respiraba sin dificultad ninguna, sus movimientos empezaban a ser fluidos e indoloros, y las heridas de las muñecas y el pie no le molestaban. Se dispuso a observarlas un poco mejor y se dio cuenta sorprendido que no quedaba ni rastro de los daños que tenía. Su piel estaba perfecta, como si nunca hubiera pasado nada.

Aunque su cuerpo empezaba a reaccionar, su mente era aún una nebulosa, llena de imágenes al azar que era incapaz de descifrar. Decidió volver a su sarcófago en busca de alguna respuesta. Unos metros a su izquierda, tirada al lado de una silla rota, había una escoba. La usaría para despejar un poco el camino de cristales. Se dispuso a avanzar para cogerla, pero en ese momento se paró. Había estirado el brazo y la escoba había volado literalmente a su mano. Meneó la cabeza sorprendido. Miró a los cristales del suelo fijamente, e hizo un gesto con el brazo. moviéndolo de derecha a izquierda con la mano extendida, como si estuviera tratando de cazar una mosca. Todos los cristales del suelo salieron volando hacia un rincón. Empezaba a sentir nuevas cosas, parecía que sus sentidos se estaban multiplicando. Pudo escuchar el vuelo de un insecto al otro lado de la sala u oler lo que sabía eran excrementos de rata desde detrás de un agujero de la pared. Además empezaban a llegarle recuerdos, como flashes. Experimentos, pruebas, hombres con batas blancas y guantes azules.

Su mente se había vuelto ya cristalina, sabía que era porque los sedantes a los que estaba conectado habían dejado de surtir efecto. Ahora tenía claro lo que debía hacer.

Antes de marcharse pasó al lado de su sarcófago y observó la placa que había en un lateral: “Proyecto Prometeo”.

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