Relato: Curiosidad

Derek dejó de rebuscar en el montón de restos y alzó la cabeza un instante, echando un vistazo a la lejana columna de humo que se alzaba sobre el horizonte. Parecía inmóvil, casi como si estuviese pintada sobre un decorado, pero tras observarla durante unos segundos determinó que se movía despacio impulsada por el viento. No le había quitado ojo en toda la mañana, por lo que también sabía que se estaba desvaneciendo y perdiendo intensidad. Fuese lo que fuese lo que la había provocado, ya había terminado hacía tiempo.

– Elena, pásame el visor – dijo, girándose para mirar hacia atrás.

La interpelada, una mujer menuda, curtida por el sol y con una larga coleta castaña que le caía por la espalda, también se giró. Estaba tumbada sobre una manta, a cubierto tras otro montón de chatarra que ya habían registrado, barriendo el desierto abrasador que se extendía en todas direcciones con un potente rifle de cañón largo al que había acoplado un esbelto catalejo en la parte superior a modo de mira. Se levantó las gafas para colocarlas sobre su frente, se giró apartando los faldones largos de la gabardina con la que se tapaba, y gruñó una respuesta.

– ¿Y con qué vigilo si se acercan invitados?

– Sólo será un segundo. Venga – Derek dio una palmada y abrió las manos para animarla a lanzarle el artilugio, como si fuese un número de circo.

Elena bufó, se giró, echó un último vistazo al Páramo y, tras asegurarse de que no había nada ni nadie a la vista, desmontó el catalejo del arma con dos ágiles giros de muñeca. Luego lo plegó con sumo cuidado, como si fuese la reliquia más valiosa del mundo, se levantó, se sacudió el polvo de la recargada ropa llena de correajes, hebillas y bolsillos, y se acercó a su compañero. Le puso el catalejo directamente en la mano, pero antes de soltarlo le obligó a mirarla a los ojos.

– Si alguna vez te veo lanzar mi visor por el aire en plan macarra, lo siguiente que saldrá volando serán tus dientes. ¿Capicci?

– Sabes que nunca lo haría, Eli, tranqui… – dijo Derek con una sonrisa que quedó anulada por su forma nerviosa de tragar saliva.

Extendió de nuevo el artefacto hasta su longitud máxima, se puso de rodillas sobre un neumático y acercó la lente a los ojos. Efectivamente la base de la columna de humo se había disipado casi por completo, su fuente ya extinguida, y lo que quedaba en el aire no tardaría en ser dispersado por el viento. Lo que no podía determinar a desde su posición era el motivo de tal humareda, ya que incluso con las lentes de aumento del visor de su compañera la distancia era enorme. Y no sería él quien se acercase más al territorio del Baldío Final. Una cosa era que le hubiese picado el gusanillo por investigar un poco, tras haber leído un par de noticias en la Gaceta de Puentechatarra sobre las explosiones escuchadas por varios pandilleros fumados, y otra que le apeteciese jugarse la vida por satisfacer su curiosidad.

Chatarrera– ¿Ves algo? – oyó a Elena tras él.

– Nope. Pero algo está pasando ahí, sin duda. Donde hay humo…

– Hay un idiota mirando – dijo la mujer, mientras se giraba para volver a otear el Páramo a sus espaldas, haciendo pantalla con su mano para protegerse los ojos del sol.

– ¿No has visto la Gaceta? No soy el único que piensa que el Baldío Final no está tan deshabitado ni desierto como parece. Si tuviese que dar mi opinión, diría que alguien está librando una guerra a lo grande ahí.

– ¿Una guerra? Tú lo flipas más que los porreros esos de las Víboras Rojas. Aunque seguro que te publican la teoría en la Gaceta, con tal de rellenar espacio cada mes meten más basura entre las noticias.

– ¿Y cómo explicas esa enorme columna de humo que lleva ahí toda la mañana? – dijo Derek con una mueca, sin alejar el ojo del catalejo.

– Con este sol cualquier cosa podría haberla causado, idiota. Un cristal que prende unos matojos, un depósito de productos químicos que se recalienta… Pregúntale a cualquier Dinamo del campamento, esos están hartos de que les exploten cosas en la cara y te podrán decir mil formas de empezar un fuego.

– ¿Y por qué nadie vuelve de esa zona? ¿Qué tiene de especial? – insistió el hombre.

– Radiación extrema, es mi teoría. Una fuente de contaminación tan fuerte que ni los Mutardos pueden aguantarla.

– ¿Provocada por?

– Quién sabe, yo no soy ninguna experta en historia antigua, pero ya has visto los restos de asentamientos, fábricas y todo tipo de edificios que hay por ahí dispersos. Y aún no conocemos ni la milésima parte. El Páramo todavía encierra un montón de secretos.

– En eso estamos de acuerdo, compañera… – murmuró Derek mientras daba un último barrido a la zona de donde había salido el humo. Sólo una mancha gris tenue en el cielo marcaba ya la existencia de la humareda.

– ¿Volvemos ya? – preguntó Elena con impaciencia.

– Sí. Hemos cogido algunos cachivaches interesantes y he satisfecho mi curiosidad… por ahora.

La mujer se había separado varios pasos mientras hablaban, dando vueltas por el vertedero sin dejar de otear la distancia a sus espaldas. Así fue que Derek tuvo el gesto reflejo de ir a lanzarle el catalejo de vuelta con un silbido, pero nada más cargar el brazo para hacerlo, Elena detectó sus intenciones, abrió los ojos como platos, frunció el ceño y levantó una mano con un dedo acusador. Su compañero intentó disimular haciendo como que se estiraba y fingió un bostezo, tras lo cual bajó al trote la distancia que lo separaba de la mujer, sonrió con inocencia y le puso el visor en la mano.

– Gracias – le dijo, justo antes de apartar la vista ante la mirada asesina de su compañera.

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