Relato: Corre

– ¡Corre!, ¡corre!, ¡maldita sea tu madre! Nos van a coger por tu puta culpa.

– Por favor, no puedo más, Amanda… ¡estoy perdiendo mucha sangre!

– ¡Ahggg! Intentaremos llegar a aquellas ruinas.

La larga huida no estaba saliendo como esperaba.

Desde el principio no me había gustado que me pusieran al lado al novato del Reich, por muy humano que fuese, ni la ruta que nos tocaba explorar, pero no había podido hacer nada para evitarlo.

Investigar ruinas del Mundo de Antaño en busca de algo de valor solía ser una misión relativamente simple: vas en silencio, investigas sin que te vean, coges todo lo que puedas cargar y desapareces a la primera señal de peligro. Sin embargo nada había salido como se había planeado.

Mi compañero estaba ansioso por llegar y no paraba de contar sus pocas y aburridas historias como si fuesen el no va más. Daba por hecho de que no contestarle era muestra de admiración en lugar de desagrado y por supuesto cuando llegaron los problemas, no se desvaneció entre las sombras como habría sido lo coherente, sino que salió a enfrentarlos con más huevos que cabeza.

En definitiva cuando aparecieron los primeros Mutardos su pura sangre humana no le salvó de los golpes, cortes y quemaduras, no le salvó en absoluto.

Mi peor pesadilla se había convertido en realidad y me tocaba descargar 3 o 4 cargadores de mi subfusil para intentar alejar a aquellas bestias del puto novato, coger sus despojos y salir corriendo de allí rezando para que no descubriesen que sólo estaba yo con él, y no tardaron demasiado en darse cuenta de ello. Estábamos perdidos, éramos demasiado lentos y la munición había desaparecido en su mayoría.

Cuando vi el pequeño promontorio a mi derecha pensé que sería nuestra salvación. Una posición elevada desde la cual poder controlar el camino que nos había llevado corriendo hasta allí y desde la cual volar la cabeza del primer Mutardo que apareciese, y cada vez estaban más cerca. Ya se les oía gritar, insultarnos, reírse pensando en todo lo que nos harían cuando nos atrapasen, y lo harían, vaya si lo harían.

El primero de ellos se hizo visible unos pocos minutos después. Su figura hondeaba como una bandera con el calor que desprendía ya el suelo del Páramo. Era mi momento de gloria, me tomé mi tiempo, ajusté la mira telescópica de mi arma y comprobé que estaba bien cargada. Apunté lentamente, vi cómo hablaba con sus compañeros que empezaban a hacerse visibles como lejanos y disparé. El tiempo se me hizo eterno hasta que vi cómo su cabeza describía un instantáneo y violento giro hacia atrás.

Silencio.

Sus compañeros llegaron hasta el cuerpo y señalaron el promontorio donde nos hallábamos. Tampoco es que se necesitase mucha inteligencia para descubrir dónde estábamos, pero si me sorprendió que no se lanzasen de cabeza hacia nuestra posición.

– No saben dónde estamos. Dispara de nuevo y cárgate a otro. ¡Venga! – dijo el novato mientras intentaba contener la sangre de una de sus heridas.

– Lo saben.

– No, ¿estás ciega? ¿no ves que siguen ahí sin moverse? – se ladeó y me dio un pequeño empujón en el hombro.

– La mano… si vuelves a tocarme la perderás. – sentencié.

¿Por qué no se movían? Estaban quietos, mirando hacia nuestra posición, susurrando entre ellos. Era demasiado obvio que estábamos allí, y aunque nuestros instructores nos habían dicho que nunca nos pusiésemos en una posición alta, que es donde primero se busca a un francotirador, no había ningún otro sitio para ocultarnos, y ellos lo sabían. Tenían que saberlo.

– Por el bienamado Führer…

El novato me miró extrañado y tiró del cerrojo de su arma mientras intentaba colocarse a mi lado.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué no nos atacan?

– ¡Calla! Déjame pensar – le espeté en la cara. – No puede ser, no hemos podido alejarnos tanto de la zona, y menos en tu estado… ¿o sí?

– No te entiendo.

– Maldita sea mi suerte… La cueva de los Ecos… Tenía que haberte dejado morir en vez de delatar mi posición… ¡ahora estaría de regreso a casa y no muerto en vida!

– Eh, pero… ¿qué pasa?

– No atacan porque, a diferencia de nosotros, tienen sentido común y saben que vamos a morir aquí.

– ¿De hambre? Yo aún tengo alg…

– Ojalá – le interrumpí otra vez. – No. Moriremos, eso seguro, pero no de hambre, ni de sed… Los Ecos, ellos nos matarán.

Hacía años de aquella noticia que había frustrado nuestras expectativas: un equipo completo había desaparecido en estas coordenadas. Nuestro comandante, al no recibir noticias de ellos había mandado refuerzos que regresaron diezmados contando entre susurros y llantos la pesadilla que habían vivido.

Habían encontrado, en el inmenso cráter dejado por una bomba, la entrada a una galería. En ella vieron los cadáveres desmembrados del equipo que habían venido a buscar. Algo de gran calibre había disparado desde todos lados. Avanzaron prevenidos y empezaron a escuchar los ecos. Era un sonido metálico, rápido y constante, proveniente de varios sitios, al que se le unía uno más lento y pesado del fondo de la galería.

Lo que había atacado a sus compañeros dio nuevas señales de vida y pronto los dos primeros hombres cayeron destrozados al suelo. Se devolvió el fuego, apuntando sin ver, hacia el lugar de donde provenían los ruidos y los disparos, y pronto algunos de ellos fueron acallados mientras que otros se sumaban por todos lados al sonido rápido y constante que lo inundaba todo.

El número de muertos y heridos hacía imposible el avance y el oficial al mando dio orden de retirada. Nunca más se regresó a aquella zona. Nunca más. Nunca más hasta ahora.

Se lo conté al novato, si íbamos a morir al menos debía saber el por qué. Bajando por el otro lado del promontorio, que ahora reconocí como el borde elevado del enorme cráter, decidimos adentrarnos en la cueva, al menos para procurarnos protección contra el sol implacable y contra los Mutardos, ya que temía que antes o después su osadía venciese a su sentido común.

Avanzamos lentamente hasta ponernos a cubierto en la parte interior de la entrada. No oíamos ningún ruido, ni fuera ni dentro, y estuvimos quietos durante unos minutos recuperando el aliento y las fuerzas. Vendé como pude al novato, le puse un poco de sedante y le dejé tumbado mientras yo miraba a la oscuridad de la galería. No sabía qué hacer; por una parte descartaba salir al Páramo de nuevo, y por otra quedarme allí me hacía aún menos gracia.

Me decidí a investigar la entrada en cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, repté por el suelo ocultándome tras cada obstáculo que veía y sacando fuerzas para salir y esconderme en el siguiente. Poco a poco avancé hasta encontrarme con los primeros impactos en el suelo, y por su tamaño y profundidad deduje que el arma superaba a cualquier fusil de los que hubiese visto hasta la fecha. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal pensando en lo que me haría semejante proyectil a mi si me diese.

Aparecieron más y más agujeros por suelo y paredes, y pronto descubrí los primeros huesos. No eran lo bastante grandes como para ser humanos o al menos algo que se le pareciese, así que supuse que serían de alguna criatura que hubiese entrado buscando cobijo, o buscando comida entre los cadáveres que de seguro habría más adelante. Apenas unos metros más adelante encontré los primeros restos humanos, unas botas militares y los restos destrozados de un uniforme llenos de huesos, blancos y astillados.

De repente un potente zumbido metálico comenzó a sonar justo frente a mí, y poco a poco a este sonido se le sumaron varios más. Rodé rápidamente hacia la pared más cercana al tiempo que sobre mi antigua posición golpearon tres o cuatro proyectiles. Estaba aterrada, esperando a que el tirador afinase su puntería y me partiese en dos, pero no ocurrió nada de eso. Sólo el zumbido permanecía inundándolo todo.

Lancé hacia el otro lado del pasillo uno de los cargadores vacíos que llevaba, esperando que el ruido que hiciese al caer atraería los disparos. Esperaba que mi enemigo cometiese algún error y pudiese devolverle el fuego, pero eso no pasó, el cargador cayó al suelo y rebotó dos o tres veces, pero nadie disparó una sola bala más.

Avancé nuevamente, pegada a la pared, viendo más y más restos de huesos por el suelo pero sin que un nuevo agujero se abriese en el suelo o en las paredes que me daban cobijo. Nada. El tirador debía ser bueno, y se reservaba para el momento en que yo estuviese a tiro.

Entre los sonidos metálicos, que cada vez se me parecían más a las aspas de un ventilador, se empezó a oír otro bastante diferente. Era potente, más que los otros, y rítmico, como si algo metálico de gran peso golpease contra algo igual de pesado.

El miedo me impulsó a salir y aprovechar el despiste de mi enemigo. Corrí en diagonal durante unos cinco segundos y luego hice lo mismo hacia el otro lado, intentando que el tirador oculto no me tuviese nunca bajo su mira. Repetí lo mismo dos veces más, hasta que dejé atrás el zumbido metálico.

De repente una pequeña luz parpadeó en el techo unos pocos metros delante de mí acabando con mi fingida compostura y abrí fuego contra todo hasta acabar el cargador de mi arma.

Ante mí sólo había el silencio roto por el pesado sonido rítmico.

– ¿Qué cojones haces? – Sonó repentinamente a mi espalda mientras dirigía mi arma hacia su procedencia y apretaba el gatillo. – ¿A quién le disparas?

De no haber acabado el cargador de mi arma hacia apenas unos segundos yo mismo hubiese acabado el trabajo de los Mutardos con el maldito novato. Caí de rodillas intentando recuperar la compostura.

– Ahí delante hay una luz, igual podemos encontrar algo que nos sirva. – Dijo mientras avanzaba a trompicones hacia ella.

Me levanté y le seguí a una distancia prudencial cambiando el cargador del arma; si alguien le disparaba esperaba que me diese tiempo a matarlo antes de que le diese tiempo de acabar conmigo también. Unos interminables segundos después tomamos el cambio de dirección que daba la galería y nos encontramos con un pasillo. En el techo se empezaron a encender débilmente los pequeños focos, iluminando por primera vez el origen del pesado sonido metálico.

Las hojas de una gran puerta metálica se cerraban una y otra vez contra el deformado chasis de un vehículo que impedía que se cerrasen.

– ¿Qué hacemos? ¿Pasamos por encima de esa chatarra? – dijo señalando con la mano vendada.

– ¿Voy delante?

– Si, te prefiero delante que ya bastante me has tocado la moral.

Trepamos por el amasijo de hierros del vehículo y pasamos al otro lado de las puertas metálicas. Según avanzamos por el amplio pasillo que protegían las puertas fuimos viendo como los cascotes y la suciedad eran cada vez más esporádicos contrastando con el desastre que habíamos dejado atrás.

El pasillo desembocó en una sala que se iluminó en cuanto pusimos un pie en ella. Era rectangular y no muy grande, con varias puertas cerradas. Probamos a abrir alguna y no conseguimos nada hasta que llegamos casi al otro lado de ella.

Entramos en la habitación que habíamos abierto arma en mano, dispuestos a vender cara la piel. Sin embargo no había nada allí que nos amenazase, sólo una mesa de control con varios monitores apagados y con un gran ventanal cerrado por una verja metálica.

– ¿Crees que algo de esto funcionará?

– Lo dudo, pero puedes probar mientras yo investigo las otras puertas. – El novato estaba sensiblemente más blanco que antes por la pérdida de sangre y por el esfuerzo, y me pareció lo mejor dejarle sentado en aquella sala investigando algo que no le mataría.

Salí de la habitación y probé con las puertas que quedaban cerradas. La última de todas también cedió a mi intento de abrirla y me encontré con una nueva habitación llena de taquillas y con una especie de camastro empotrado en la pared lateral. Abrí las taquillas una a una encontrando bastantes cosas que nos iban a servir, ropa, vendas, medicamentos y un pequeño armero con tres pistolas y un subfusil, así como numerosa munición para todo, pero también encontré algo que hizo que mi corazón volviese a latir con fuerza: pequeñas placas detectoras de radiactividad negras como la noche.

– ¡Amanda, ven! ¡Tienes que ver esto! – gritó el novato mientras yo salía de la habitación llevándome todo lo que podía transportar. – ¡Increíble!

– Tenemos que irnos. ¡Ya! – le dije.

– Espera, mira esto. – Tocó unos botones en la mesa que tenía delante y algunas de las pantallas se iluminaron.

Pude ver el pasillo, la gran sala por la que habíamos pasado y la galería por la que habíamos entrado en un color verde brillante, y pude ver qué producía el zumbido metálico. Había ocho, ocho armas colocadas en nichos a lo largo de las paredes de la galería, todas ellas con seis tubos formando una circunferencia y girando automáticamente sin parar.

– Tenemos que salir de aquí ya o no sobreviviremos.

– No, tienes que verlo todo. Yo lo conseguí hace un momento, pero luego se apagó y se cayó de nuevo. Espera a ver si puedo…

Se produjo un potente ruido en el ventanal cuando la verja empezó a levantarse lentamente. Me acerqué a él y vi cómo una sala inmensa se empezaba a iluminar hacia abajo desvelando pisos y más pisos hasta perder la vista.

– ¿Qué crees que serán esos ataúdes? – preguntó el novato haciéndome notar la infinidad de ataúdes de metal que había colocados en grandes máquinas que surgían de las paredes. – Aquí hay un papel que pone que las crist… crisald… crisálidas del área uno y dos están a punto – dijo señalando una zona del primer piso.

– ¿Qué más pone?

– Bio… ingenia… ingeniería, células madre no especializadas, condicia… condicionamiento hipno… no-sé-qué… Cosas así que no entiendo. ¿Sabes qué puede ser?

Sonreí.

– No, no lo sé, pero sí sé quién puede saberlo y que esto lo va a cambiar todo… Todo.

Por Gonzalo González García

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