Relato: Ambrosía

Julius III caminó hasta el borde del tejado sin prisa, disfrutando cada paso como si estuviese dando una vuelta por alguno de los bulevares de la ciudad, alzando el rostro hacia la fina lluvia que caía del cielo artificial que tenía sobre él, sonriendo como un niño al que han dejado salir a la calle para jugar con sus amigos. Al llegar al muro bajo que delimitaba aquella terraza privada extendió los brazos y se quedó un buen rato en aquella postura, con los brazos en cruz, e incluso empezó a canturrear una antigua melodía que le vino a la cabeza sin saber por qué: “I’m singin’ in the rain / Why am I smiling / And why do I sing?”. Se sentía realmente feliz.

Moviendo la cabeza lentamente de un lado a otro, echó un vistazo a New Liberty. Desde su posición de privilegio, en lo alto de una de las torres más exclusivas, caras y punteras de la ciudad, casi todos los demás edificios quedaban por debajo de él. Eso le gustaba. Le gustaba lo exclusivo, lo caro, lo puntero. Le encantaba el dinero, el poder y la euforia que ambos le proporcionaban. Las demás torres le parecían siniestras y patéticas desde su atalaya, peñascos que emergían de un mar oscuro que eran las calles inferiores, a cientos de metros por debajo de sus pies, donde apenas se veían algunos vehículos recorrer las calles a toda velocidad bajo el manto de lluvia. Ningún peatón distinguible, por supuesto, pero aún así Julius III se aclaró la garganta, carraspeó, amasó bien la flema que obtuvo y luego la soltó cornisa abajo hacia el indeterminado suelo de la avenida, con la esperanza de acertarle a algún viandante apresurado en lo alto de la cabeza. Quizá ni se enterase, obviamente, con aquel chaparrón que estaba cayendo. Eso lo hacía más delicioso todavía, así que se rió con voz sonora. Sacó un pañuelo de seda del bolsillo interior de su chaqueta, se limpió levemente los labios y volvió a guardarlo. El traje que llevaba puesto, hecho a medida, por supuesto, seguramente se estaría estropeando irremediablemente bajo aquel aguacero programado por el Departamento de Estaciones y Control Climático, pero le daba igual. Se compraría otro. ¡Otros diez!

– “¡¿Me oís, parásitos?!” – gritó al vacío -. “¡Me compraré otros putos diez trajes!”.

Sólo un leve eco le contestó. Los demás edificios seguían acunados en la lóbrega tarde con todas sus persianas automáticas y paneles climáticos cerrados a cal y canto. Sólo alguna luz intermitente, que señalaba con diversos colores los puntos más altos de las antenas de comunicaciones o las torres de equipamientos en las terrazas, rompía a ráfagas la penumbra del atardecer. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y se giró para volver dentro. Bordeó la enorme piscina, cubierta por una pantalla que se desplegaba automáticamente en caso de mal tiempo, silbó para llamar la atención de los pájaros exóticos de múltiples colores que se apretujaban en la parte más seca de la enorme jaula que delimitaba el vergel en el que vivían, y sacó la mano izquierda del bolso para acariciar distraídamente las lustrosas hojas de los helechos y las gigantescas alocasia macrorrhiza que crecían en un parterre central, mientras se iba acercando a las puertas correderas de cristal. En teoría deberían abrirse para permitirle el paso sin tocarlas siquiera, pero había tenido que desactivar el sistema de domótica para acceder a la terraza, ya que si no se habrían cerrado los paneles climáticos, como dictaba su programación de fábrica. Deslizó sin ruido la puerta de cristal, entró, y volvió a cerrarla suavemente. Sus zapatos empapados dejaban pequeños charcos sobre el parqué al cruzar el salón familiar, pero no le podía importar menos. Un sofá semicircular de ocho plazas, tapizado en visón de pelo corto. Una holo-televisión de 90 pulgadas integrada en la pared del fondo. Un jacuzzi en la esquina, con capacidad para al menos 20 personas. Pieles sobre el suelo. Cuadros y tapices en las paredes. Hilo musical con temas relajantes a un volumen apenas audible. Podría acostumbrarse a vivir allí, sin duda, pero el caso es que aquella no era su casa. Era la de Patricia.

Ah, Patricia. ¿Dónde estaba Patricia?

En el baño, eso era. Chasqueando los dedos con un gesto excesivo e innecesario, Julius III giró sobre sus talones y volvió a cruzar de nuevo el salón en dirección contraria. De camino al baño se detuvo en el dormitorio principal, una habitación digna de algún príncipe oriental en la que no faltaba ningún detalle del más puro despilfarro u ostentación, desde la piel de tigre de las nieves (importada por encargo especial y personal de Patricia desde Putingorod) extendida a los pies de la gigantesca cama con dosel, hasta la araña que colgaba del techo y que tenía diamantes en lugar de cristales para reflejar la luz. Se acercó con calma a una de las mesitas y abrió el cajón, sonriendo de nuevo. Una cajita de marfil tallado, delicada como un pajarillo, era lo único que había en él. Y dentro de la cajita, cuidadosamente colocados en compartimentos individuales y estancos, varios papeles casi translúcidos de forma cuadrada y tamaño minúsculo. E impregnada en cada uno de aquellos papelitos estaba la mágica, sublime, adorada e insustituible Ambrosía. Tuvo que contener un sollozo. Aquella divina sustancia que había cambiado su vida, que lo había catapultado a cotas de éxito, de creación, de arte, jamás alcanzadas por nadie, abriendo su mente a un mundo totalmente nuevo en el que era un maestro indiscutible, un titán entre hormigas, un genio sin par ni necesidad de más musas que su inseparable Ambrosía. ¿Cómo había podido vivir sin ella antes de que su buen amigo Pembroke se la diese a probar una tarde, hacía ya casi un año? Inconcebible. Cogió con delicadeza extrema uno de los papelillos, se lo colocó con reverencia en la punta de la lengua y cerró la cajita con una risilla infantil. No tardaría en deshacerse y su cuerpo absorbería la sustancia, antes incluso de que pasasen los efectos de su dosis anterior. Era hora de volver con Patricia.

Caminando por el pasillo a oscuras empezó a llamarla en voz baja. Otro efecto de haber desactivado la domótica era que las luces no se encendían a su paso, pero tampoco le importaba porque así le daba a todo un aire más romántico, más íntimo y personal. La luz del baño sí estaba encendida, y se filtraba hacia la oscuridad del pasillo como un cuchillo a través de la rendija inferior de la puerta. Qué comparación tan acertada. Apoyando la mano sobre el pomo de la puerta, lo giró con lentitud premeditada y asomó la mitad de su rostro al interior, repitiendo el nombre de Patricia con un soniquete musical y una risa. La mujer estaba en la recargada bañera barroca, donde la había dejado. Julius III entró y ella giró la cabeza con un sobresalto. Hubiese gritado a pleno pulmón, pero la mordaza se lo impidió.

Julius III se sentó en el taburete acolchado que había dejado junto a la bañera sin agua, mirando fijamente a Patricia. Por su cara corría sangre y lágrimas a partes iguales, a causa de varios cortes repartidos por su piel. En su cuerpo desnudo también se veían otras pruebas del macabro arte al que la había sometido su hasta entonces amante y protegido, desde diminutas quemaduras circulares que formaban intrincados dibujos en sus muslos y vientre, hasta escarificaciones geométricas repartidas por su espalda. El hombre la observaba como quien revisa un cuadro a medio acabar, una escultura a medio hacer, una partitura a medio rellenar, sopesando sus opciones y pensando la mejor forma de rematar su obra. Como si hubiese llegado a una conclusión final, sus ojos se iluminaron y alzó un dedo índice muy tieso hacia el cielo. Se levantó y empezó a quitarse la chaqueta. Luego la camisa. Lo tiró sin cuidado en un rincón y agarró el cuchillo ensangrentado que había posado sobre el lavabo de granito al salir. Con un gesto lento y calmado, se pasó el filo por su pecho desnudo, haciéndose un corte bastante feo por el que empezó a manar sangre en abundancia. Patricia pataleó y chilló sin poder hacer mucho ruido, abriendo los ojos como platos mientras luchaba contra sus ataduras. Julius III estaba en éxtasis; el dolor le proporcionó un subidón que unido al de la Ambrosía lo transportó al séptimo cielo, llegando incluso a tener un principio de erección. Gimió con deleite.

– “Tranquila, preciosa. Esto te va a gustar tanto como a mí”, dijo mientras se inclinaba sobre la bañera con el cuchillo en la mano.

Lo que más lamentaba de haber desactivado el sistema de domótica, y por lo tanto la seguridad interna del piso, era que nadie iba a ver su obra de arte hasta la semana siguiente, cuando la familia de Patricia volviese de su merecido retiro en el complejo de spa y hoteles al otro extremo de la ciudad.

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2 comentarios

  1. ¡Me ha encantado el relato!

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